Oda a todos los besos
que te arranque del pellejo.
A tus ojos llenos de duelos
sin presentar batalla alguna.
Miradas que nacieron de las manos,
en mordiscos llenos de azúcar.
Y presentarme con la cabeza llena de tu olor,
de tu piel, siempre, siempre… fría.
Reconfortante sentir tú estomago,
frente a mi espalda, en simbiosis,
como si hubieras nacido
pegado a mi columna vertebral.
Muriendo sobre voces silenciadas...
en un cielo crepuscular, lleno de cipreses.
Desliar de tus brazos, los trozos de mí piel
que quedaron adheridos sin retorno.
Y chuparte la sangre a sorbos lentos
(hasta dejarte sin ella)
para huir, donde los pies se quedaron
descalzos en mitad de la noche.
He podido ver como brilla
tu sudor dentro de mis poros,
caliente, aislado dejándome hueca desde dentro.
Y arañarte las costillas...
hasta clavarte mis uñas
entre las intercalaciones;con fuerza.
Para que te duela tanto,como tú lo haces,
en un balance, rítmico, acelerado y desintegrador
de la decadencia que se ha arraigado en mí.
(Necesidad, impulso)
Besos, mordiscos y cincel modelador,
para pintar sobre tu cuerpo con mi lengua de titanio.
Encontrarte en mil noches descubiertas de desamparo,
que incursionan en la ficticia norma de lo ausente,
la deshacen, sin orden ni consuelo alguno,
para ser más tuya que nunca,
y romper todos los muros de seguridad,
que puse tras tu partida.
Ávidamente… sin descanso
y con el descontrol,que lo hace posible,
escribiré todos mis nombres sobre tu cuerpo...
desollaré las tiras del sexo,
en pequeños trozos de celo usable
(Un trozo aquí… otro por allá…)
para remediar las grietas
que se nos hacen con los roces.
Montañas de tierra
moveremos desde el centro,
como todas nuestras noches...
en las que te robaré los huesos a dentelladas…
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Odio profundamente todas las golondrinas de Bécquer y a la hija de puta que dejo sin sangre a Márgara Saénz…
Pero sobre todo mi rencor más profundo se lo guardo a la literatura iberoamericana, que me hizo tan dencadente en el amor. Qué me marco con el giro sin retorno de Amarilis. Qué me lleno el corazón de amoniaco, de caricias y de sexo tropical multiorgásmico. Y me dejo tan exhausta como Rebeca, de solo pensar que José Arcadio Buendía me pudiese meter en su hamaca de lino panameño.